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Elena Solis en Oveja Rosa España

Serie de cuentos
 publicado por Oveja Rosa


Con la vida en las manos - Vacaciones en Valizas




Luego del juicio, Lu, Elisa y los niños se fueron de vacaciones a Valizas.En realidad fueron 
cuatro días y tres noches, no había dinero para más. Es una playa oceánica, un pueblo de pescadores que en temporada se llena de turistas que buscan tranquilidad, playa y una movida nocturna juvenil bastante bohemia. Pati estaba encantada. Elisa la dejó tomar caipirinha. Si iba a beber, era mejor que lo hiciera en casa, delante de ella y no sola, en una reunión rodeada de desconocidos. Y tenía derecho a evadirse un poco después de todo lo que había pasado. Estaban alegres y tristes a la vez. Alquilaron una cabaña del lado de la arena, es decir, en los médanos, sobre la playa, en la zona donde no hay luz eléctrica.

Tres días soleados, de brisa suave, desayunando, almorzando y cenando en la arena. La luna llena casi roja, proyectada en el océano. El sonido del océano, implacable, paciente. Aquella luna fue una de las más hermosas de la historia de Elisa. Enorme. Obstinada. Tres noches seguidas emergiendo temprano desde el oleaje, allá en el horizonte. Tomando una altura exactamente en el centro de la vista de la ventana de la cabaña apenas iluminada con la luz de una vela. En el centro de las retinas de todas las personas que estaban allí, casi cómplices y amigos en el pequeño pueblo. Parecía que todos conocían su historia, todo lo que Elisa había pasado y todos la miraban así, y con sus miradas le decían: “Sabemos lo que pasó, sé que el mundo parece una mierda, pero no lo creas, no estás sola, hay gente suave y agradable en este mundo”. Esa tranquilidad que produce ver que todo sigue, que amanece. Y luego cayó la lluvia y aquella tormenta, todo se inundó. Así que Elisa, Lu Pati y Fede sortearon charcos, subieron al ómnibus de vuelta a Montevideo. En el camino, en aquel ómnibus, bajo la noche lluviosa, todo empezaba de nuevo. Elisa pensaba en los niños, en los tiempos repartidos con el padre. Estaba triste y preocupada. Pero todo aquello era el ejercicio de su libertad, el instinto de proteger a sus hijos, el amor y el adiós al miedo. Todo eso era, ni más ni menos, que felicidad.

Elena Solís




Con la vida en las manos - La fiesta de fin de año




Lo de las terapeutas fue en setiembre. En octubre Lu y Elisa se casaron. Fue un día hermoso. Fede estaba feliz. Con una olla dada vuelta y una cuchara, fue el percusionista de la banda musical, improvisada por la propia Lu.
A mediados de diciembre Elisa tenía mucho trabajo. Le habían solicitado presentar un libro, con fecha a concretar. Lamentablemente, terminó por coincidir con la fiesta de fin de año del colegio de Fede. Era un día que le correspondía estar con el padre. Lu, que es buena con la manualidad, le hizo el traje y una guitarra eléctrica de cartón, pues la maestra le había elegido el papel de músico, muy adecuado para él. Elisa le explicó a Fede que tendría que irse un poquito antes, que no la vería a la salida. Lu y Elisa fueron juntas. Allí se encontraron con Fede, la hermana y el padre. Lo cambiaron. La fiesta comenzó. Apenas comenzada la actuación de Fede, Elisa tuvo que retirarse, volando, en un taxi, llegó un poco tarde a presentar el libro. Cuando termina de presentarlo recibe la llamada angustiada de Lu.
A la salida, Fede empezó a decir que quería irse para lo de la madre. El padre le dijo que le correspondía estar con él. Fede es muy obstinado. Le dijo que quería irse con Lu, que quería irse para lo de su madre. El padre le dijo que él era el padre y que era jueves y que tenía que estar con él. Fede dijo que quería irse a lo de su madre. El padre lo agarra por la fuerza. Fede le dice “Hijo de puta, quiero irme con mamá”. Fede llora mucho. Mucha gente cree que los niños autistas no tienen sentimientos, pero es un grave error. Tienen sentimientos muy fuertes. Y los defienden con violencia. El padre se lo llevó por la fuerza. A mitad del corredor, Fede lo patea y grita y llora e insiste en irse con su madre. Así que el padre lo baja, lo empuja contra la pared. Lo sostiene desde el cuello. Le dice: “Vos te venís conmigo”. Lu se acerca para ayudar a Fede a hacer el proceso necesario para aceptar irse con el padre. Porque si el padre se hubiera tomado el trabajo de conversar, de dejarla a Lu hablar, de explicarle que el viernes vería a su madre, que se quedara tranquilo, quizás hubieran logrado que Fede se fuera por las buenas. Lu lo sabía, porque lo conoce. Es cierto que hacía sólo un año que estaba en contacto con él, pero lo sabía. Es una cuestión de modalidad, resolver las cosas con tranquilidad y paz. Sin embargo, Lu no tuvo esa oportunidad. El padre se puso violento. No la dejó ni despedirse. El padre vuelve a cargarlo por la fuerza. Imposibilitada de hacer algo, Lu trata de perder de vista a Fede. Se pierde entre la multitud de padres. Sin embargo, ya en la calle vuelve a verlo, como una bolsa de papas, colgado del hombro de su padre, llorando, gritando, pataleando.
Cuando Fede vuelve a la casa de la madre le cuenta todo lo que pasó después. Que el padre lo metió a la fuerza en el auto. Que le puso el cinturón. Que con el auto en marcha Fede se sacó el cinturón. Que pateó hasta romper un vidrio del auto. Que tuvieron que detenerse. Que el padre estaba muy enojado. Que la que estaba peor era Pati, la hermana. Que no se le paraba la tristeza a Pati. Que la tristeza le duró toda la noche. Que llegó la hora de dormir y seguía diciendo que quería irse con la madre.  Que no se podía dormir. Que el padre entró al dormitorio oscuro. Su sombra, gigante, se proyectó sobre la angustia del niño. Le dijo: “Dormíte”. ¿Quién puede dormir así? “Quiero que papá se muera y no quiero verlo nunca más”, fue el final del relato de Fede. Elisa sabía que estaba exagerando, que estaba enojado. Pero un hombre que no entiende con palabras tendrá que entender de otra manera.
Fede no volvió a lo de su padre por cuarenta días. Los cuarenta días más largos de su vida. Hermosos, con los niños en casa, tranquilos. Pero también angustiosos, con un proceso judicial en marcha, lleno de interrogantes y miedos. Con todas las etiquetas y vulnerabilidades en contra de la madre. Ser mujer. Tener poco dinero en el bolsillo. Ser lesbiana. Ser artista. Y para colmo, haber tenido la osadía de casarse y ser feliz sin esconderse.
Elena Solís

Con la vida en las manos – El casamiento






A pesar de que el apartamento de Lu y Elisa es chico, es hermoso y  fue donde celebraron el matrimonio. Elisa siempre dice que allí es donde todo ocurre. Allí trabajan, allí reciben a los amigos. Allí festejan cumpleaños, navidades, fines de año. Tiene un patio interior con claraboya, por lo que es muy luminoso. Tres cuartos convergen al patio. Uno es el de los niños, que está dividido por un tabique de madera para que cada uno tenga su espacio y su luz. Otro es el de ellas y otro oficia de un pequeño estar, con sus sillones. Hay plantas, flores y algunas obras de arte. Todas adquiridas por amistad. Si el día está cálido, se abre la claraboya. Si está demasiado cálido se cierra un toldo. Las claraboyas son muy comunes en la ciudad, sin embargo nadie deja de sorprenderse de ver el mismísimo techo central de una casa abrirse para dejar pasar la brisa a través de un sistema mecánico que funciona perfectamente que fue traído al país hace más de cien años. Se accede al apartamento por un largo corredor exterior, al que converge la ventana del estar y la del cuarto de ellas. Por la luminosidad y por el hecho de no tener que acceder por ascensor el apartamento, dice la gente que lo visita que es “como una casita”.

Así que fueron los amigos de la pensión. María y Lu prepararon la torta. María es repostera. Tiene veintitrés años. Es una luchadora. María es una gran persona. Había que verla poner el merengue sobre la torta. Contemplar cómo tomaba forma. Inés es artista plástica, hizo  las muñequitas. Una tocando la guitarra que representaba a Lu y otra con un libro en la mano, que representaba a Elisa. Inés siempre las ha apoyado y ha estado cuando nadie estaba. Leo y Elisa fueron los limpiadores de toda la casa. Corrieron sillones, quitaron polvo, pasaron trapo, aromatizaron. Fue gracioso el momento en que salieron todos juntos a buscar unas sillas alquiladas. Las trajeron caminando, dos a cada brazo cada una. Los hombres tres. Hubo que parar mucho a descansar y retomar la marcha. Es que por mejor actitud que la gente tenga, en una fiesta tiene que tener dónde sentarse. César es chef.  Así que él se ocupó de la comida y como también es mozo, junto con Gustavo se encargaron de servirles a los invitados. Pero eso no quitaba que pasaran bien, que charlaran con la gente, que bailaran. Lo que ocurrió en el casamiento fue hermoso.
Cuando Lu y Elisa habían anunciado su propósito de casarse, todo el mundo decía que era apresurado. La familia de Elisa sentía que los niños ya habían sufrido mucho, que habían tenido muchos cambios: el divorcio de los padres, el cambio de orientación sexual de la madre, la visibilidad total. Ahora tenían que enfrentar convivir con una persona que ellos no habían elegido. No eran malos argumentos. Pero también había prejuicios. La verdad es que mucha gente se opuso al casamiento. La gente se asusta con las cosas que se hacen por amor, siempre parecen cuestionables  Hasta algunas amigas lesbianas llamaron e hicieron todas las advertencias y consejos, algunos mal intencionados.
Ya en el Registro Civil había mucha algarabía. Decidieron que los niños no fueran, por miedo a que hubiera medios de prensa apostados esperando el segundo matrimonio de mujeres. A pesar de la seriedad y del ambiente medio frío de la institución, había un aire de felicidad que iban respirando los asistentes. Fue divertido cuando la Jueza les leyó todo lo que significaba para la ley estar casadas. Mientras lo hacía no las dejaba besarse. Todos reían por la situación.
En la casa esperaba Leo, también amigo de la pensión, con los niños. Los invitados fueron llegando del Registro a la casa. Sebastián, el hermano de Lu, trajo los amplificadores y una consola. Así que la música sonaba muy bien. El hermano de Lu es músico. Los padres y los abuelos de Lu no asistieron. De la familia de Elisa vinieron todos, que se fueron aflojando de a poco hasta tener una sonrisa enorme y los ojos llenos de lágrimas. Todo fue muy bien sincronizado y mucho mejor que si se hubiera contratado al mejor servicio de la ciudad.
Hay dos cosas muy importantes que se pueden decir sobre el festejo y la ceremonia del matrimonio de Lu y Elisa, analizándolos días después. Una es que fue muy alegre emotivo y divertido. La otra es que cumplió una función fundamental. Si consideramos el casamiento desde el punto de vista de lo que significa una ceremonia, digamos que el casamiento es aquella en la cual una pareja de enamoradas hace oficial y púbico su amor. Se lo comunica y lo festeja con sus familiares y amigos, de alguna forma lo comparte e invita a todos a, de una forma u otra, contemplarlo y compartir la vida con la pareja. Cuando el amor es real, se nota. Muchas veces se dice que hay una falsedad en los casamientos. Quizás, a veces el exceso de recursos económicos tapan los recursos que tienen los asistentes, la capacidad de servirse solos, de colaborar, de emocionarse. La esencia de la cosa.
En la ceremonia de Lu y Elisa la esencia era el amor de ellas, la amistad y la familiaridad genuina de los presentes. Y lo que se hizo fue espontáneo, no se ensayó nada, eso hizo que el amor se notara y que los amigos lo comprendieran y lo apoyaran.  Cecilia dijo unas palabras hermosas, habló sobre apostar al amor, sobre la importancia de ese hecho en estos tiempos. Cecilia también es artista plástica y les regaló el mejor cuadro de su carrera, o al menos el que en el mercado tendría más costo. Pero el mercado no tuvo nada que ver con el asunto. El cuadro está en la cabecera de la cama de Lu y Elisa. A fines de setiembre cumple Fede. El 6 de octubre cumple Lu. El 10 de octubre cumplen un año de casadas. En diciembre cumple Pati, después vienen la navidad y el año nuevo. Lu y Elisa celebran cada día, desde el desayuno hasta la cena la alegría de estar enamoradas, de haber apostado al amor, de compartir la vida con los niños, de ir lográndolo cada día. Pero no son tan conscientes de eso, lo sienten y sólo a veces lo piensan. Porque la mejor felicidad es la que se vive así un poco sin mirarla tanto, sin mirar tanto para atrás, sin tomar tanta consciencia de lo que se caminó para conseguirla, se disfruta del camino, a veces escabroso y fangoso, que continúa.
Elena Solís




Cuentos de una madre lesbiana – Las terapeutas


Elisa tiene un hijo que en ese entonces tenía diez años. Es uno de esos niños con diagnóstico de autismo o probablemente síndrome de Asperger. Por lo tanto tenía un equipo terapéutico formado desde su diagnóstico, que fue a los tres años. Tres psicólogas. Dos que realizaban en consultorio un abordaje neuro-cognitivo y una acompañante en el colegio, que es un colegio normal. Por ese entonces ella estaba casada con el padre de sus hijos. Era una mujer heterosexual de clase alta como cualquiera vista desde fuera y para quienes no tienen la capacidad de ver bien a las personas, cosa que no es nada buena para un equipo terapéutico.

Ella siempre llevó a su hijo puntualmente, prolijo limpio y feliz. Tomado de su mano, hablando con él, tomándose tiempo para él. Cuando se divorció dejó de hacerlo porque tuvo que buscarse un trabajo de los que no le  gustan nada, un trabajo de esos de estar ocho horas en una oficina haciendo tonterías. Pero sólo estuvo un año y medio con ese trabajo. En cuanto pudo, lo dejó y se dedicó a lo que le gusta, que es escribir, salir al parque, cocinar, ocuparse de sus hijos. Ahí volvió a ser la madre que lleva al niño a todos lados, que lo baña, que le da todas las comidas, que le cocina, y todas esas cosas que requieren mucho tiempo. Ya no tenía automóvil ni ayuda doméstica y su apariencia había cambiado mucho. Por lo demás, era la misma madre de siempre. Sin embargo, empezaron las malas caras.

Cuando anunció su casamiento con Lu la convocaron a una reunión motivada por las conductas “desajustadas” que estaba teniendo Federico en el colegio.
Llegó a la reunión, con la presencia del padre de sus hijos y las tres terapeutas, notó que había algo en el ambiente. Dijeron que había que hacer algo distinto, cambiar la estrategia. No se trataba de una estrategia clínica. Le dijeron que esas conductas desajustadas se debían, seguramente, a la inestabilidad que estaba sufriendo Federico. Las miradas se dirigían a ella. Recomendaron que Federico se quedara en una casa única. Ella preguntó en qué casa les parecía que debía quedarse. No pudo evitar que la pregunta le resultara irónica, pero sólo a ella. Aquellas profesionales no tenían el vuelo suficiente para captarla. Dijeron que ellas no podían recomendar eso, que debían decidir los padres.
Ahí salta el tipo que es el padre y empieza a decir que ella estaba evidentemente alterada e inestable que el niño debía quedarse con él.
Elisa se negó rotundamente.  Las terapeutas comenzaron a argumentar a favor del padre. Toda la reunión consistió en intentar convencerla que dejara a sus hijos exclusivamente en manos del padre. Ellas también tuvieron la osadía de decir  que los hermanos no debían separarse y la miraron en tono compungido, le dijeron que pobrecita la hermana que “ese tema de ella” la había agarrado en plena adolescencia, que los hermanos tenían que estar juntos. Con esto querían decir que Elisa debía dejar a sus dos hijos con el padre. Volvió a negarse rotundamente. Le recomendaron que debía abandonar la visibilidad y el activismo. Volvió a negarse.
Les dijo que ellas no tenían experiencia en este tipo de caso. Las tres reconocieron que era la primera vez que trataban con un niño cuya madre se divorciaba de un hombre y volvía a casarse pero con una mujer. De hecho, Elisa y Lucía eran las primeras mujeres que se casarían en su país. Se preguntó de dónde habían salido aquellas mujeres. Reconocieron que su hijo (tenía y sigue teniendo) una muy buena relación con Lu. Lu es profesora de música y tiene experiencia en trabajar con pacientes psiquiátricos. A Federico le encanta la música. Tuvieron mucha piel rápidamente. Reconocieron que no había ninguna certeza de que pudieran relacionarse las “conductas desajustadas” con su vida en la casa de Elisa.
Pocos días después se citó con el tipo ese que es el padre de sus hijos, el que paga las terapias, en una cafetería. Le dijo que no quería más a ese equipo terapéutico. Que se negaba a seguir dejando a su hijo en sus manos. Que eran clasistas y homófobas. El tipo le dijo que, evidentemente, estaba muy alterada, que estaba paranoica, psiquiátrica e incapacitada para ocuparse de sus hijos y que hablara con ellas.
Lo hizo, les explicó que no quería que siguieran tratando a Fede. Lo hizo personalmente en una reunión en la que las convocó a las tres. Las dejó sin argumentos, totalmente pasmadas. Sin embargo, no estaban dispuestas a abandonar su postura. Cobraron por esa reunión.
Cuando el padre se enteró que las había descartado como terapeutas de su hijo, saltó a decir que ella no le había informado de nada y que había tomado una decisión unilateral. Volvió a tratarla de psiquiátrica, alterada y otros adjetivos muy ofensivos.  El tipo intentó volver a contactarse con ellas para que siguieran tratando al niño.  Asustadas, abandonaron.
La maestra y la directora del colegio le dijeron que Federico andaba de lo más bien, que lo veían muy bien. Ellas no habían visto ninguna “conducta desajustada”. Al igual que Elisa, ellas lo veían de lo más feliz. Le preguntó a las desechadas terapeutas cuándo habían ocurrido las “conductas desajustadas”. Le dijeron que durante el tiempo de espera para entrar a clase, en dos ocasiones. ¡Todo ese lío por dos ocasiones! Empezó a entrar con él. Vio el caos que había en los corredores. La maestra venía de lejos, por lo que solía llegar tarde. Fede esperaba al menos veinte minutos amontonado con una cantidad de niños haciendo todo tipo de cosas con muy poco control, en ausencia de su acompañante terapéutica. Ese tipo de situaciones son casi imposibles de tolerar para un niño autista. Empezó a llevarlo a la hora justa desde entonces a la actualidad.
En mi país ya no es políticamente correcto ser homófobo. Quienes lo son, te discriminan solapadamente. Una de las formas de discriminación solapada es a través de una simulada preocupación por los hijos, por sus posibles sufrimientos, por su bienestar. Los que no tienen amor en sus vidas se pasan la vida jodiendo a los que sí lo tienen.
Este es sólo el comienzo de una batalla por sus hijos con una sensación de soledad e incomprensión. Una vez más,  Lu y Elisa contra viento y marea.
Elena Solís

Con la vida en las manos – La pensión




Lu vino para la casa de Elisa con la llamada activada. Fue duro. La hija adolescente de Elisa se fue para lo del padre. Dolió mucho. Decía que no volvería mientras Lu permaneciera en la casa. Elisa tenía que tener muchos cuidados. Muchas cosas valiosas estaban en juego. El amor de Lu, el amor de su hija. Era un momento de tensión, de grandes emociones, en las que pensar bien era difícil. Elisa comprendió que la relación con su hija no iba a romperse por eso, que la había criado, que la había apoyado, que había velado sus sueños toda la vida. También pensó que recibir a una persona por amor, protegerla de una situación violenta, que esa persona fuera un ser amado, era, en definitiva, y a pesar de todo, una buena enseñanza. Pero la adolescente se fue y dejó un vacío. Elisa se sintió muy mal. Lu peor. Elisa pensó mucho y comprendió que para su hija era difícil. Que era demasiado pronto para imponerle la presencia de Lu, que había que hacer un proceso y que las patadas y el revólver nada tenían que ver con su hija adolescente. En una semana Lu y Elisa consiguieron una pensión. La adolescente volvió a su casa. Lu compartió un cuarto con cinco compañeras en pequeñas cuchetas y un baño con veinte. Era lo mejor que podían pagar.
Fue una linda época que duró seis meses. Lu hizo grandes amigos. Hubo noches difíciles. En una ocasión Lu pasó una noche en la calle porque hubo una pelea en la pensión. Un inquilino se puso violento. Así que Lu y sus amigas caminaron por todo el barrio hasta que amaneció. Otra noche Elisa fue a buscarla como a las tres de la mañana y gritó en la calle “Te amo, Lu”, gritaba como una loca despertando a los vecinos que abrían los postigos. La vieron a Elisa patear una bolsa de portland, caer al suelo, ser rescatada por los compañeros de Lu. Es increíble que su pie izquierdo no se hubiese lesionado, sobre todo teniendo en cuenta que calzaba pantuflas.
El proceso fue haciéndose. Lu fue teniendo su lugar con los niños. No intentó conquistarlos, quizás por eso los conquistó. Consiguió el cariño del hijo de Elisa, y poco a poco el de la hija, aunque a veces pone caras largas porque es adolescente, porque hay que crecer, porque no es fácil, porque tiene un poco de rabia, claro que sí.
Los amigos de la pensión colaboraron en el casamiento. Cocinaron. Ayudaron en la limpieza. Aprontaron la casa. Pusieron unas sillas alquiladas debajo de la claraboya, bajo la tibia luz de octubre en la casa que las acogía a ellas, a los niños, y a los invitados. Uno hizo de cocinero. Otro de mozo. Una fue repostera. Dos limpiadores.
Todavía hoy, cuando suena el timbre, Lu y Elisa saben que puede ser uno de ellos, que viene de visita, que trae mate y bizcochos, que viene a charlar, a buscar la luz de la casa, los aromas, pan casero, mascotas, niños, calor.
Elena Solís


Con la vida en las manos – La familia de Lu







El día en que la madre de Lu se enteró que ella estaba enamorada de Elisa y Elisa de ella, le pegó muy fuerte. Se enfureció. Aprovechó su debilidad, ya que aún no estaba recuperada. Cuando estaba en el suelo le pateó la zona de la columna afectada, donde está la cicatriz que nunca cicatriza y el dolor crónico. Donde la vértebra puede romperse fácilmente. El abuelo le apuntó con un revólver. Le dijo cosas horribles, tan horribles como si la bala hubiera salido del revólver. La abuela, que siempre la había apoyado, quedó en silencio. Lu salió con lo puesto y su teléfono móvil roto, para no volver nunca más. Consiguió hacer una llamada. Apenas podía hablar. La voz de Elisa respondió
—¡Hola!
Elena Solís


Con la vida en las manos - Lu en cama



Elisa se dijo a sí misma que visitaría a Lu porque estaba en cama hacía seis meses y le parecía toda una obra de bien. La verdad es que tenía ganas de verla, porque se sentía sola y porque sentía deseos de tener algo con Lu. Había tenido un pico de dolor tan fuerte que estaba en la cama con calmantes duros. Parecía increíble que eso pudiera ocurrirle a una mujer de 31 años que Elisa la recordaba linda, atractiva, silenciosa.
La llamó. Combinó. Un viernes a las tres de la tarde estaba en la casa de Lu. El lugar no era como ella la imaginaba.
Como había estado durante un buen tiempo inmóvil y dependiente, se había quedado en su casa paterna, mejor dicho, con sus abuelos y su madre, porque el padre de Lu apareció pocas veces en su vida. Digamos que estaba en la casa donde se crió. Era pequeña. Apenas Elisa entró al zaguán, la primera puerta a la derecha era el cuarto de Lu y además tenía otra puerta que se abría hacia el comedor. Muy poca privacidad. Para colmo de males, la abuela y la madre no se apartaban de su lado. Fue lindo ver a Lu hablando con su abuela. Se notaba que la quería mucho, que la admiraba y apreciaba. Que había sido importante en su vida. La madre era agradable. Elisa estaba contenta. Parecía que Lu también. En un momento la madre ofrece algo para beber. En un momento trae un té con galletitas y la madre y la abuela abandonan la habitación. Elisa se sienta en la cama al lado de Lu. Le sirve el té. Lu dice: “Elisa me está poniendo azúcar en el té”. Elisa no entiende bien la frase. ¿Era trascendente para Lu? ¿Era un chiste? ¿Lu estaba tan sola que se emocionaba de que Elisa le pusiera azúcar en el té? A Elisa también le pareció emocionante ponerle azúcar en el té.
Como a las cinco se fue. Prometió que volvería el viernes siguiente a la misma hora. No cumplió. Prometió porque le pareció que le hacía bien a Lu, pero también porque deseaba volver a verla. La madre de Lu la acompañó a la parada del ómnibus. Hablaron. ¡Qué paradójico es pensar lo mucho que congenió Elisa con la madre de Lu!
Por la noche se conectó al chat. La foto de perfil de Lu tenía la lucecita verde.
—¡Hola!
Eran las diez de la noche. Charlaron hasta las cuatro de la mañana del día siguiente. Elisa se dio cuenta de que estaba sola, de que era viernes, que los niños estarían todo el fin de semana con el padre. Le preguntó a Lu si quería venir al día siguiente a pasar la tarde con ella. En vez de una semana, esperó una noche. Que se trajera los calmantes. Que tomarían unos mates. Que haría una torta. Con eso Elisa se conformaba. Sin embargo dio un paso más, preguntó:
—¿Teniendo yo muchos cuidados, vos podrías hacer el amor?
—Sí— respondió Lu.
Tiempo después le confesó que no tenía la menor idea de si lo lograría, sólo se moría de ganas. Al día siguiente por la mañana Elisa cancela algunas actividades que había organizado para paliar su soledad, no había nada mejor que pasar la tarde con Lu. En los segundos siguientes Lu llama para confirmar. Tiempo después le confesó que no podía creerlo, que tenía miedo de que la noche anterior Elisa hubiera tomado de más y hubiera hecho una propuesta de la cual, en vigilia, se arrepentiría, por eso la llamada de confirmación.
Ante la llamada de Lu, Elisa tuvo miedo de que no quería ir, que había cambiado de idea. Simulando poco interés, preguntó si venía o no. Lu respondió que iría. A las tres de la tarde Elisa se tomó el 523. Fue recibida con sonrisas. Lu estaba pronta. Con su bastón, una mochila bastante grande con medicamentos. Elisa se preguntó si traía una muda de ropa para pasar la noche. Se tomaron un taxi hacia la casa de Elisa. Elisa le mostró su casa a Lu. Su gata. Las frutas sobre la pequeña mesa. La luz fuerte que atravesaba la claraboya, las iluminaba y las entibiaba. Hablaron. Tomaron mate. Comieron torta. Sonó el teléfono, que está junto a la mesa de luz de la cama de Elisa. Se dejó caer en la cama para atender el teléfono. Pero no levantó el auricular. Lu también se dejó caer en la cama. Se besaron por primera vez. Los labios húmedos se unieron. Las sonrisas de aire cálido sobre el rostro de ellas. La gata que también vino a la cama. Los cuerpos se desnudaron.
A partir de ese momento, cada vez que los niños estaban con el padre, Lu se venía a la casa de Elisa.
Un día Lu le preguntó a Elisa si quería casarse con ella. Elisa respondió que sí. Elisa le preguntó a Lu si quería casarse con ella. Respondió que sí. Hacía tan sólo unos días se había aprobado el matrimonio igualitario en su país. Ellas podían hacer libremente lo que muchas parejas habían deseado durante años. El 10 de octubre del 2013, Lu y Elisa se casaron. Pero antes de eso, pasaron miles de cosas, tantas que, al mirar atrás, sólo a veces, mirando atrás y sin querer mirarlo con atención se ve el camino frondoso recorrido. Pero es mejor no mirar. Como si la mejor felicidad fuera la que no es consciente, la que no es rencorosa.
Es mejor mirar las manzanas rojas sobre la mesa iluminadas por la luz del sol que atraviesa la claraboya, y los niños, y las mascotas, que ya son tres.

Elena Solís






Antes de casarse con Lucía





Antes de casarse en octubre del año pasado, les pasaron muchas cosas. Lo de los hijos fue una de ellas.Elisa tiene un hijo que en ese entonces tenía diez años. Es uno de esos niños con diagnóstico de autismo o probablemente síndrome de Asperger. Por lo tanto tenía un equipo terapéutico formado desde su diagnóstico, que fue a los tres años. Tres psicólogas. Dos que realizaban en consultorio un abordaje neuro-cognitivo y una acompañante en el colegio, que es un colegio normal. Por ese entonces ella estaba casada con el padre de sus hijos. Era una mujer heterosexual de clase alta como cualquiera, vista desde fuera y para quienes no tienen la capacidad de ver bien a las personas, cosa que no es nada buena para un equipo terapéutico.
Ella siempre llevó a su hijo puntualmente, prolijo, limpio y feliz. Tomado de su mano, hablando con él, tomándose tiempo para él. Cuando se divorció dejó de hacerlo porque tuvo que buscarse un trabajo de los que no le gustan nada, un trabajo de esos de estar ocho horas en una oficina haciendo tonterías. Pero sólo estuvo un año y medio con ese trabajo. En cuanto pudo, lo dejó y se dedicó a lo que le gusta, que es escribir, salir al parque, cocinar, ocuparse de sus hijos. Ahí volvió a ser la madre que lleva al niño a todos lados, que lo baña, que le da todas las comidas, que le cocina, y todas esas cosas que requieren mucho tiempo. Ya no tenía automóvil ni ayuda doméstica y su apariencia había cambiado mucho. Por lo demás, era la misma madre de siempre. Sin embargo, empezaron las malas caras.
Cuando anunció su casamiento con Lu, la convocaron a una reunión motivada por las “conductas desajustadas” que estaba teniendo Federico en el colegio.
Llegó a la reunión, con la presencia del padre de sus hijos y las tres terapeutas, notó que había algo en el ambiente. Dijeron que había que hacer algo distinto, cambiar la estrategia. No se trataba de una estrategia clínica. Le dijeron que esas conductas desajustadas se debían, seguramente, a la inestabilidad que estaba sufriendo Federico. Las miradas se dirigían a ella. Recomendaron que Federico se quedara en una casa única. Ella preguntó en qué casa les parecía que debía quedarse. No pudo evitar que la pregunta le resultara irónica, pero sólo a ella. Aquellas profesionales no tenían el vuelo suficiente para captarla. Dijeron que ellas no podían recomendar eso, que debían decidir los padres.
Ahí salta el tipo que es el padre y empieza a decir que ella estaba evidentemente alterada e inestable que el niño debía quedarse con él.
Elisa se negó rotundamente. Las terapeutas comenzaron a argumentar a favor del padre. Toda la reunión consistió en intentar convencerla que dejara a sus hijos exclusivamente en manos del padre.  Ellas también tuvieron la osadía de decir que los hermanos no debían separarse y la miraron en tono compungido, le dijeron que pobrecita la hermana que “ese tema de ella” la había agarrado en plena adolescencia, que los hermanos tenían que estar juntos. Con esto querían decir que Elisa debía dejar a sus dos hijos con el padre. Volvió a negarse rotundamente. Le dijeron que debía abandonar la visibilidad y el activismo. Volvió a negarse.
Les dijo que ellas no tenían experiencia en este tipo de caso. Las tres reconocieron que era la primera vez que trataban con un niño cuya madre se divorciaba de un hombre y volvía a casarse pero con una mujer. De hecho Elisa y Lucía eran las primeras mujeres que se casarían en su país. Se preguntó de dónde habían salido aquellas mujeres. Reconocieron que su hijo (tenía y sigue teniendo) una muy buena relación con Lu.  Lu es profesora de música y tiene experiencia en trabajar con pacientes psiquiátricos. A Federico le encanta la música. Tuvieron mucha piel rápidamente. Reconocieron que no había ninguna certeza de que pudieran conectarse las “conductas desajustadas” con su vida en la casa de Elisa.
Pocos días después se citó con el tipo ese que es el padre de sus hijos, el que paga las terapias, en una cafetería. Le dijo que no quería más a ese equipo terapéutico. Que se negaba a seguir dejando a su hijo en sus manos. Que eran clasistas y homofóbicas. El tipo le dijo que, evidentemente, estaba muy alterada, que estaba paranoica, psiquiátrica e incapacitada para ocuparse de sus hijos. Le dijo que hablara con ellas.
Lo hizo, les explicó que no quería que siguieran tratando a su Fede. Lo hizo personalmente en una reunión en la que las convocó a las tres. Las dejó sin argumentos, totalmente pasmadas. Sin embargo, no estaban dispuestas a abandonar su postura. Cobraron por esa reunión.
Cuando el padre se enteró que las había descartado como terapeutas de su hijo, saltó a decir que ella no le había informado nada y que había tomado una decisión unilateral. Volvió a tratarla de psiquiátrica, alterada, y otros adjetivos muy ofensivos. Intentó volver a contactarse con ellas para que siguieran tratando al niño. Asustadas, abandonaron.
La maestra y la directora del colegio le dijeron que Federico andaba de lo más bien, que lo veían muy bien. Ellas no habían visto ninguna “conducta desajustada”. Al igual que Elisa, ellas lo veían de lo más feliz. Les preguntó a las desechadas terapeutas cuándo habían ocurrido las “conductas desajustadas”. Le dijeron que durante el tiempo de espera para entrar a clase, en dos ocasiones. ¡Todo ese lío por dos ocasiones! Empezó a entrar con él. Vio el caos que había en los corredores. La maestra venía de lejos, por lo que solía llegar tarde. Fede esperaba al menos veinte minutos amontonado con una cantidad de niños haciendo todo tipo de cosas con muy poco control, en ausencia de su acompañante terapéutica. Ese tipo de situaciones son casi imposibles de tolerar para un niño autista. Empezó a llevarlo a la hora justa desde entonces a la actualidad.
En mi país ya no es políticamente correcto ser homofóbico. Quienes lo son, te discriminan solapadamente. Una de las formas de discriminación solapada es a través de una simulada preocupación por los hijos, por sus posibles sufrimientos, por su bienestar. Los que no tienen amor en sus vidas se pasan la vida jodiendo a los que sí lo tienen.
Este es sólo el comienzo de una batalla por sus hijos con una sensación de soledad e incomprensión. Una vez más, Lu y Elisa contra viento y marea.

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